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Una canita al aire. Un billete de más en la bolsa. Una mentira que no haga daño a nadie. Todos hemos tenido en la cabeza distintas tentaciones. Unas, sencillas… otras definitivamente no…  La tentación es una treta, una trampa. Es una promesa de felicidad, pero falsa.

Conviene primero aclarar que una tentación por sí misma no es pecado. Insisto: “sentir” no es pecado. La clave está en la respuesta que yo dé a ese sentir. “Consentir” sí podría ser pecado. No es lo mismo experimentar atracción física por la esposa del vecino (sentir) que invitarla a cenar con dobles intenciones (consentir).

Experimentar la tentación es entrar en combate espiritual. Es ingreso al desierto, como Jesús antes del inicio de su misión. El mal espíritu nos ofrecerá caminos fáciles y aparente felicidad a bajo costo. De hecho, la tentación siempre será atractiva. Pero tenemos una ventaja: nosotros somos los que decidimos qué va a suceder. Santa Teresa decía, palabras más, palabras menos, que el pecado era como una bestia salvaje, horrible y terrible… pero que estaba amarrada… solamente atacaba al acercarnos.

Nuestra madre, la Iglesia, nos dirá que nuestros pecados son los frutos del consentimiento a la tentación.  Y el pecado nos conduce a la muerte. Tentación, pecado y muerte van conectados. Para salir de la tentación, una clave es el discernimiento. Cuando mi mamá hacía pasteles, pasaba la harina por el cernidor para evitar que se hicieran grumos. Lo mismo podríamos hacer con nuestros sentimientos y decisiones, para discernir lo que nos conviene de lo que no.

Otra ventaja más que tenemos: no somos tentados más allá de nuestras fuerzas. Sin embargo, del tamaño de nuestros talentos son las tentaciones que recibimos. No es lo mismo para un ladrón atacar a un niño que prepararse para atacar un banco con seguridad extrema. En todo caso la intensidad de mis tentaciones demuestra el interés que tiene el mal espíritu por robar mi felicidad, mis dones, por emplear mis talentos para su servicio. Darle vuelta a la tentación revela lo que el mal quiere quitar, que en el fondo es el regalo de Dios para mi vida.

Jesús fue tentado en el desierto de manera burda: éxito, triunfo y poder. Pero en el monte de los olivos y en la cruz también fue tentado: “Padre, si quieres aparta de mi este cáliz… y Padre ¿por qué me has abandonado?” La oración y la confianza en el Padre fueron su apoyo y arma para vencer. Pongamos de nuestra parte y no dudemos en repetir como Jesús “no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”.
Amén.

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Apenas tengo pocos meses de haber sido ordenado sacerdote. Reconozco que tengo poca experiencia como confesor. Sin embargo, he podido notar ciertas trampas del mal espíritu para evitar o entorpecer una buena confesión. Veamos…

El primer resultado deseado por el maligno es evitar que la persona comparta su debilidad, su pecado, con otro hombre. Justificaciones, raciocinios, frases bien ensayadas como “yo le pido perdón directamente a Dios”. En el fondo son excusas de parte nuestra y tretas del mal.

Sin embargo si se han vencido estas trampas, en el momento de la confesión, he notado dos zancadillas particulares. La primera de ellas es la verguenza. A través de ella se da el brinco a la segunda trampa, el silencio. En el fondo, es acallar el pecado, silenciarlo. Evitar que salga del interior eso que está, literalmente, pudriéndose y pudriéndonos.

Y es que con el pecado sucede como cuando se está indigesto. Mientras no salga lo que está lastimando el interior, el malestar persistirá. La confesión, o reconciliación, nos ayuda a compartir nuestra debilidad para que Dios manifieste su grandeza en nosotros.

Al reconocer las trampas del mal espíritu, tenemos herramientas para combatirlas. Espero que al querer pedirle perdón al Señor por nuestros pecados, tengamos la posibilidad de alejarnos del enemigo y encontrarnos nuevamente con Dios, con su amor misericordioso.