Posts etiquetados ‘pecado’

La tecnología ha ingresado en nuestros hogares, en nuestros trabajos, en nuestra diversión, en nuestra familia y en nuestra fe… ¿Perdón? Sí, en nuestra fe. Encontramos portales que nos hablan de religión, páginas que nos invitan a creer en Dios, links que animan a conocer y potenciar nuestras creencias. Todo esto, válido para cristianos y demás gama de iglesias y denominaciones religiosas.

Entonces, como católico, no suena mal la idea de compartir mis debilidades con alguien empleando la tecnología. Con ello podría evitar la incomodidad de verme vulnerable ante otra persona. El ciberespacio podría ofrecerme la oportunidad de confesarme con un sacerdote a través del chat o de la videoconferencia. ¿Por qué no?

Vamos despacio. Hay muchas cosas que es posible realizar por internet: pagar facturas, jugar, comprar, leer, etc. Sin embargo hay muchas cosas que no se pueden realizar en línea: dar un abrazo y alimentarse, por ejemplo… En este segundo renglón la presencia “virtual” jamás sustituye la presencia “real” de la persona. Aquí es donde entra nuestro sacramento.

Confesar los pecados es un acto de fe. Creo que Dios me da su perdón y que esto se manifiesta a través de un ministro. Compartir mi debilidad en intimidad con alguien más, es liberador. Y más aun lo es reencontrarme con Dios, con su misericordia y recobrar la paz que el pecado me ha robado. Esta experiencia es como el abrazo de los que se han reencontrado luego de mucho tiempo. Como el beso de dos enamorados que han permanecido distanciados.

Pero, ¿será posible un beso de amor por internet? ¿será pleno un abrazo de perdón a través de una webcam? Suena difícil. Decirle a otro mis pecados online es posible. De hecho, por simpático que parezca, hay páginas en la web que se dedican a ello. Pero experimentar el gesto del perdón no es posible por medio virtual. Nada como estar frente a frente para confesar mi pequeñez y recibir el consuelo de parte de Dios. Las manos del sacerdote sobre la cabeza de quien pide perdón es un símbolo imposible de realizar online. Pierde su fuerza, como el beso por cam.

En fin. Internet sigue siendo una excelente herramienta que puede ayudarnos a facilitar muchos aspectos de la vida. Pero hay otros aspectos que son insustituibles. ¿Alguien quiere un abrazo virtual?

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Una canita al aire. Un billete de más en la bolsa. Una mentira que no haga daño a nadie. Todos hemos tenido en la cabeza distintas tentaciones. Unas, sencillas… otras definitivamente no…  La tentación es una treta, una trampa. Es una promesa de felicidad, pero falsa.

Conviene primero aclarar que una tentación por sí misma no es pecado. Insisto: “sentir” no es pecado. La clave está en la respuesta que yo dé a ese sentir. “Consentir” sí podría ser pecado. No es lo mismo experimentar atracción física por la esposa del vecino (sentir) que invitarla a cenar con dobles intenciones (consentir).

Experimentar la tentación es entrar en combate espiritual. Es ingreso al desierto, como Jesús antes del inicio de su misión. El mal espíritu nos ofrecerá caminos fáciles y aparente felicidad a bajo costo. De hecho, la tentación siempre será atractiva. Pero tenemos una ventaja: nosotros somos los que decidimos qué va a suceder. Santa Teresa decía, palabras más, palabras menos, que el pecado era como una bestia salvaje, horrible y terrible… pero que estaba amarrada… solamente atacaba al acercarnos.

Nuestra madre, la Iglesia, nos dirá que nuestros pecados son los frutos del consentimiento a la tentación.  Y el pecado nos conduce a la muerte. Tentación, pecado y muerte van conectados. Para salir de la tentación, una clave es el discernimiento. Cuando mi mamá hacía pasteles, pasaba la harina por el cernidor para evitar que se hicieran grumos. Lo mismo podríamos hacer con nuestros sentimientos y decisiones, para discernir lo que nos conviene de lo que no.

Otra ventaja más que tenemos: no somos tentados más allá de nuestras fuerzas. Sin embargo, del tamaño de nuestros talentos son las tentaciones que recibimos. No es lo mismo para un ladrón atacar a un niño que prepararse para atacar un banco con seguridad extrema. En todo caso la intensidad de mis tentaciones demuestra el interés que tiene el mal espíritu por robar mi felicidad, mis dones, por emplear mis talentos para su servicio. Darle vuelta a la tentación revela lo que el mal quiere quitar, que en el fondo es el regalo de Dios para mi vida.

Jesús fue tentado en el desierto de manera burda: éxito, triunfo y poder. Pero en el monte de los olivos y en la cruz también fue tentado: “Padre, si quieres aparta de mi este cáliz… y Padre ¿por qué me has abandonado?” La oración y la confianza en el Padre fueron su apoyo y arma para vencer. Pongamos de nuestra parte y no dudemos en repetir como Jesús “no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”.
Amén.

Eso de compartir las fallas a otra persona no suena muy halagador que digamos. Mucho menos cuando tengo la certeza -o muy buenas sospechas- de que la otra parte falla igual o más que yo. Démosle un par de vueltas al asunto.

FALLO, SOY HUMANO
Una parte absolutamente normal de nuestra naturaleza es que fallamos. Caemos, tropezamos… y muchas veces con la misma piedra… Desventaja: me frustra. Puedo sentir un peso enorme sobre mis hombros al darme cuenta que haga lo que haga, sigo siendo débil y vulnerable… altamente vulnerable… Ventaja: es algo que tenemos todos en común. Lejos de tirarnos piedras atacándonos, podríamos empezar por comprendernos. No suena tan mal.

EL OTRO FALLA, TAMBIÉN ES HUMANO
Mi condición es compartida. No soy una isla en un mar de perfección. Aunque siga la trampa de la depresión al ver tanto mal, tanta tristeza, tanta violencia y tanta muerte, puede surgir un tipo de solidaridad desde la vulnerabilidad. Yo fallo, tú fallas, él falla, nosotros fallamos…
¿mal de muchos, consuelo de tontos? No tan rápido.
Consuelo, sí. Pero no de tontos.

COMPARTIR LA DEBILIDAD
Es la norma esconder la debilidad. No conviene ventilar los errores. Los trapitos sucios se lavan siempre en casa. O no se lavan. Pero sabemos bien que una herida escondida es fuente segura de infección. La ausencia de higiene corporal es foco de contaminación. ¿Y si compartiéramos nuestros errores? ¿Si en lugar de esconderlos, lo usual fuera compartirlos? Poner alcohol en una herida abierta duele mucho. Arde. Pero sana…

NO SUENA TAN MAL COMPARTIR, ENTONCES
Abrir el corazón para compartir las fallas requiere no solo honestidad, sino humildad y deseo de cambio. Si no, ¿pa´que? Un familiar, un amigo, una persona de mucha confianza. Incluso un profesional, como un psicólogo, pensando que pueda darme herramientas para salir adelante. Pero ¿un sacerdote?

VAMOS CON LA PARTE ESPIRITUAL
Así como el cuerpo es lastimado con la enfermedad, nuestro interior es golpeado con nuestras fallas. Y las consecuencias también afectan nuestro alrededor y las personas que nos rodean. En el plano espiritual estamos hablando del pecado. Mi pecado me lastima y con él hiero a quienes me rodean. Pero así como busco ayuda al querer sanar mi cuerpo, hay auxilio para sanar mi interior, mi “alma”.

UN MOMENTO PARA SANAR
El cuerpo busca expulsar lo que lo afecta, por naturaleza. Espiritualmente podemos decir que la carga interior, al volverse pesada, también busca salida. Compartir mi debilidad es ya un proceso sanador. Pero compartir con una persona que tiene el tiempo de escucharte y su misión es contagiar el perdón de parte de Dios es, literalmente, salvador. Es tan pecador como cualquier otro, pero su tarea no es detenerse en la falla, sino enmendar lo roto, curar la herida. En la Iglesia católica empleamos la palabra “reconciliar” para hablar de este proceso.

SI, YA SÉ QUE ES PECADOR COMO YO
El sacerdote no está para juzgar, ni mucho menos para condenar. Su misión es reconciliar. Obviamente tiene la responsabilidad de orientar a la persona que se acerca a buscar el perdón y guiarla de nuevo a la casa del Padre. El pecado personal del sacerdote es un llamado a la humildad. Así como Dios nos perdona, debemos perdonar, rezamos en el Padrenuestro. Mi pecado debe ser lo que obstaculice detenerme en el pecado ajeno, decía San Alfonso María de Ligorio.

EN FIN…
Si hay carga interior, si hay peso dentro de mí, que me inquieta constantemente, tal vez necesite buscar el sacramento del perdón. Si honestamente veo que mi pecado sigue carcomiendo mi felicidad y la felicidad de los que me rodean, debo buscar sanearme. Hay quienes esperan tener pus en la herida para pedir ayuda. Quien quita y este tiempo que se aproxima sea un tiempo propicio para pedir perdón y reconciliarme: conmigo mismo, con los demás y con Dios. No suena tan mal la idea de confesarse.

postdata: ya viene la cuaresma…

A veces somos cabritos. A veces somos cabros. A veces somos… muy cabritos.

Pablo nos dice en la carta que le escribe a los romanos que todos hemos pecado y que por lo tanto estamos privados de la gloria de Dios. En nuestra propia vida podemos constatar, si se me permite la expresión, la fuerza de nuestra debilidad: tropezamos, caemos, nos golpeamos y herimos a los demás.  Somos testigos del derroche de energías en nombre del pecado. Y lo peor de todo es que al final de cuentas nos queda solo esa profunda sensacion de soledad, tristeza y culpabilidad. No sale bien en las cuentas tanta pasión desperdiciada.

En el gremio sacerdotal, nos sucede exactamente lo mismo. Tenemos variopintas tentaciones, debilidades y tropezones. Sabemos mentir a la perfección, ocultar pecados propios y ajenos, silenciar palabras que nos incomodan, etcétera. Uno de nuestros peores pecados es pretender hablar en nombre de Dios… pero a favor propio… Nuestro ministerio también puede ser empleado por el mal espíritu… no somos inmunes a la debilidad… y las consecuencias son las mismas: soledad, tristeza y culpabilidad. Provocamos con nuestro pecado tanta muerte como cualquier otro ser humano. A veces nuestro pecado es olvidar que somos como cualquier otro ser humano.

Sin embargo, Dios no está satisfecho con esta parte de nuestra historia. A pesar de nuestro listado pecaminoso, nos invita a seguir adelante. No pretende que seamos frías estatuas de un frío templo donde va fría gente, sino que hagamos nuestro mejor esfuerzo para que la energía empleada para hacer el mal sea encausada para hacer el bien. Él conoce nuestro historial, lo bueno, lo malo, las luces y las sombras. Y nos llama no “a pesar” de eso, sino “desde” esa realidad. Pablo lo dice magistralmente: “llevamos este tesoro en vasijas de barro”. La apuesta de Dios no es por los justos, sino por los pecadores. Este padrecito, el primero.

De niño, jugaba a hacer procesiones. Construía altares, llenos de imágenes que valían más que los carros y transformers recibidos para mi cumpleaños. Siempre preferí un paquete de incienso a un balón. Cuando aprendimos a leer, con mis primos celebrábamos la misa. ¿Adivinen quien era el padre? Todos estos juegos se difuminaron en mi adolescencia. Mi slogan era: “lo que puedo hacer como padre, lo puedo hacer como laico”. Sin embargo, a los diecinueve conocí a un sacerdote loco. Alegre, jovial, cercano. Decía “malas palabras” de vez en cuando. Gustaba del cine y hablaba el lenguaje que el resto de jóvenes hablábamos. Sentí un “click” en lo más profundo. Así, sí quería ser sacerdote.

El 16 de octubre del 2010 fui ordenado presbítero de la Iglesia Católica, en mi natal Guatemala. Para llegar ahí había dejado mi tierra, la carrera de arquitectura y la idea de formar una familia. En el camino también perdí a mi madre y a mis tres abuelos. Estudié, trabajé, fui formado y preparado para ser misionero. Conocí a otros “locos” que hoy me conocen más que mis propios hermanos. Lloré, amé y aprendí a dar la vida por la abundante redención.

Lo que permaneció intacta fue mi capacidad para pecar.  Sean genes o sean gérmenes, siempre hay múltiples debilidades. Que un obispo te  imponga las manos no hace que automáticamente te conviertas en un ser perfecto. Al contrario, las tentaciones se disparan. Y es ahí donde entra la misericordia de Dios, el centro de esta historia. ¿Quién podría apostar por aquel que te va a fallar? ¿Quién da la vida por alguien que tarde o temprano te va a traicionar? ¿Quién pone tanta responsabilidad en manos frágiles? Solamente quien ama mucho. Y así es el Dios que me ha llamado.

Lo cabrito no se me quita tan fácilmente. Pero cuando puedo transmitir el perdón de Dios, con la certeza de que doy lo que he recibido en mi vida, me doy cuenta que vale la pena seguir adelante. Cuando mi pecado me hace no condenar al que falla, cuando haber tocado fondo me permite comprender al que se encuentra caído, me doy cuenta que ser instrumento es también una forma -loca, exótica, increíblemente creativa- para salvarme. Servir a otros es la forma que tiene mi Padre para rescatarme, aunque yo me esfuerce en pecar.

Dice la Palabra de Dios que aquel que mucho se le perdona mucho amor demuestra. Mi ministerio sacerdotal es una muestra viva de cómo esta Palabra se hace verdad. Cumplir un año como “padrecito” es memoria de la apuesta que Dios hace por mí, con mis luces y sombras. Es un testimonio del “dar perdón a quien no lo merece”. Es prueba de que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Quiera Dios darme esta felicidad -y la capacidad para compartirla- hasta el último de mis días.      

Alajuela, 16 de octubre del 2011. Fiesta de San Gerardo Mayela.