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El 31 de octubre muchos se disfrazan. Momias, vampiros, hombres lobo, zombies y demás parafernalia. Mientras más terrorífico, mejor. Sangre, sufrimiento y muerte. Para muchos pasa como un día de burla, un momento para motivar la creatividad o un tema anual para tomar bebidas alcohólicas y divertirse. Me surge una preocupación: celebrar la muerte que conduce a la muerte. Pero más me preocupan los que ven en esta fiesta con ingenuidad.

Dos días después, en un contexto religioso, se celebra el día de los difuntos. Algo completamente distinto y que varía de acuerdo a cada cultura en cada país.  Se visita los cementerios, se llevan flores a las tumbas de los seres queridos, y se une la familia. En muchos lugares abunda la comida propia de estas fechas: el fiambre en Guatemala y las calaveras de dulce en México, por ejemplo. Celebrar la muerte que conduce a la vida.

Nuestro mundo está lleno de muerte. Los periódicos nos llevan cada mañana la realidad sangrienta de América Latina. Dolor, tristeza, luto; resultados de muerte violenta, violaciones, aborto y guerras. Este mundo, esta realidad, necesita luz y no más tinieblas.  Mi punto no es ir “en contra” de una celebración con argumentos de paganismo y consumismo. El eje de mi petición es compartir la vida, con celebraciones que devuelvan la esperanza y el consuelo.

Estoy seguro que la madre que acaba de abortar, no quiere celebrar la fiesta con disfraz. No dudo que los papás que han perdido a su joven hijo quieran ver a sus menores disfrazados de pequeñas muertes. Alguien que ha sufrido la pérdida de alguien que ama no está para festejar con sangre, colmillos y monstruos. Pensemos seriamente.

Recordar a nuestros difuntos nunca será lo mismo que celebrar la muerte.  Como creyentes sabemos que la muerte es un camino. Es un instrumento, nunca un final. Es creatura, no Creador. El que cree debe estar claro que tenemos un Dios que da vida, que la muerte ha sido vencida y que como creyentes no podemos apostar por la muerte, por mucho poder que tenga en nuestra realidad. ¿Adónde estaría nuestra esperanza si celebráramos el final?

Por eso, te invito a la vida.

Te invito a celebrar cada día la obra más maravillosa de la creación: tu vida, la vida a nuestro alrededor. Dar gracias por todo nuestro alrededor, todo aquello que nos motiva a seguir luchando, aun en medio de tanto sufrimiento y dolor. Celebrar la vida nos da fuerzas para contrarrestar el dolor que nos hereda la muerte. No es alienación, sino antídoto.

Pensemos una vez más.  Compartamos con otros.  Reflexionemos lo que estamos promocionando consciente e inconscientemente. No vale ser indiferente. Una vez más, estamos invitados a apostar. Yo, apuesto por la vida. Con mi vida, con mi trabajo y con mis celebraciones hago mi mejor esfuerzo por demostrarlo. ¿Y tú?

 

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