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Eso de compartir las fallas a otra persona no suena muy halagador que digamos. Mucho menos cuando tengo la certeza -o muy buenas sospechas- de que la otra parte falla igual o más que yo. Démosle un par de vueltas al asunto.

FALLO, SOY HUMANO
Una parte absolutamente normal de nuestra naturaleza es que fallamos. Caemos, tropezamos… y muchas veces con la misma piedra… Desventaja: me frustra. Puedo sentir un peso enorme sobre mis hombros al darme cuenta que haga lo que haga, sigo siendo débil y vulnerable… altamente vulnerable… Ventaja: es algo que tenemos todos en común. Lejos de tirarnos piedras atacándonos, podríamos empezar por comprendernos. No suena tan mal.

EL OTRO FALLA, TAMBIÉN ES HUMANO
Mi condición es compartida. No soy una isla en un mar de perfección. Aunque siga la trampa de la depresión al ver tanto mal, tanta tristeza, tanta violencia y tanta muerte, puede surgir un tipo de solidaridad desde la vulnerabilidad. Yo fallo, tú fallas, él falla, nosotros fallamos…
¿mal de muchos, consuelo de tontos? No tan rápido.
Consuelo, sí. Pero no de tontos.

COMPARTIR LA DEBILIDAD
Es la norma esconder la debilidad. No conviene ventilar los errores. Los trapitos sucios se lavan siempre en casa. O no se lavan. Pero sabemos bien que una herida escondida es fuente segura de infección. La ausencia de higiene corporal es foco de contaminación. ¿Y si compartiéramos nuestros errores? ¿Si en lugar de esconderlos, lo usual fuera compartirlos? Poner alcohol en una herida abierta duele mucho. Arde. Pero sana…

NO SUENA TAN MAL COMPARTIR, ENTONCES
Abrir el corazón para compartir las fallas requiere no solo honestidad, sino humildad y deseo de cambio. Si no, ¿pa´que? Un familiar, un amigo, una persona de mucha confianza. Incluso un profesional, como un psicólogo, pensando que pueda darme herramientas para salir adelante. Pero ¿un sacerdote?

VAMOS CON LA PARTE ESPIRITUAL
Así como el cuerpo es lastimado con la enfermedad, nuestro interior es golpeado con nuestras fallas. Y las consecuencias también afectan nuestro alrededor y las personas que nos rodean. En el plano espiritual estamos hablando del pecado. Mi pecado me lastima y con él hiero a quienes me rodean. Pero así como busco ayuda al querer sanar mi cuerpo, hay auxilio para sanar mi interior, mi “alma”.

UN MOMENTO PARA SANAR
El cuerpo busca expulsar lo que lo afecta, por naturaleza. Espiritualmente podemos decir que la carga interior, al volverse pesada, también busca salida. Compartir mi debilidad es ya un proceso sanador. Pero compartir con una persona que tiene el tiempo de escucharte y su misión es contagiar el perdón de parte de Dios es, literalmente, salvador. Es tan pecador como cualquier otro, pero su tarea no es detenerse en la falla, sino enmendar lo roto, curar la herida. En la Iglesia católica empleamos la palabra “reconciliar” para hablar de este proceso.

SI, YA SÉ QUE ES PECADOR COMO YO
El sacerdote no está para juzgar, ni mucho menos para condenar. Su misión es reconciliar. Obviamente tiene la responsabilidad de orientar a la persona que se acerca a buscar el perdón y guiarla de nuevo a la casa del Padre. El pecado personal del sacerdote es un llamado a la humildad. Así como Dios nos perdona, debemos perdonar, rezamos en el Padrenuestro. Mi pecado debe ser lo que obstaculice detenerme en el pecado ajeno, decía San Alfonso María de Ligorio.

EN FIN…
Si hay carga interior, si hay peso dentro de mí, que me inquieta constantemente, tal vez necesite buscar el sacramento del perdón. Si honestamente veo que mi pecado sigue carcomiendo mi felicidad y la felicidad de los que me rodean, debo buscar sanearme. Hay quienes esperan tener pus en la herida para pedir ayuda. Quien quita y este tiempo que se aproxima sea un tiempo propicio para pedir perdón y reconciliarme: conmigo mismo, con los demás y con Dios. No suena tan mal la idea de confesarse.

postdata: ya viene la cuaresma…