Posts etiquetados ‘familia monoparental’

imagesPara el recién nacido, son todo. Para el niño, héroes. Para el adolescente, esos adultos invasores de mi privacidad. Para el joven, los viejos que no comprenden mi espacio vital y coartan mi libertad. Para los que tienen hijos recién nacidos, los abuelos que pueden ayudar como niñeras. Para los maduros son el diccionario ante las dudas de la vida.

Todos venimos de una familia. No se salva uno de tener padre y madre. Estén o no presentes en la historia, son personas que marcan nuestro ser desde antes que nazcamos. De ellos aprendemos todo, cosas buenas y malas. Cómo alimentarnos, qué palabras usar, cómo vestir, cómo defenderse. Nadie nace sabiendo bendecir o maldecir. De ahí la importancia de la familia, como centro de aprendizaje.

Aunque no decidimos en qué familia nacemos, sí podemos luchar por el tipo de familia que deseamos. Hay condiciones que recibimos de ellos que nos ayudan a ser mejores personas. Son lo genes, que nos acompañan toda la vida. También recibimos malas influencias. Son los gérmenes familiares (término acuñado por mi propia familia, dicho sea de paso). Toda esta herencia me condiciona como ser humano, pero no me determina. Suena difícil de masticar y tragar.

Image4436Al recibir tanto de mi familia estoy marcado. Como ser humano he sido un recipiente que ha recibido información cultural, religiosa, alimenticia, etc. No he decidido qué recibir. Sin embargo, sí decido qué hacer con todo lo recibido. El hombre que sufrió golpes de sus padres en la infancia no puede quitarse los golpes recibidos, pero puede decidir no repetirlos con sus hijos. A eso me refiero. Estamos condicionados, pero no determinados por los genes y gérmenes familiares.

Es ahí donde sí podemos esforzarnos por el tipo de familia que queremos. Seguramente tendremos que luchar, pero vale la pena. En nuestras familias también hemos aprendido a odiar, a albergar resentimiento en el corazón. Hemos visto que el orgullo provee una dura caparazón que protege ante los golpes, pero que termina dejándonos solitarios.  Hemos forjado gruesos nudos y destruido puentes creados para unirnos. Gérmenes así conviene destruirlos.

Tal vez estos días sean buen momento para acabar con ese orgullo que nos ha apartado de las personas que queremos. Tal vez en nuestro corazón sepamos que el amor es más fuerte que el odio y que en el fondo no hemos ganado nada alimentado sentimientos negativos que nos destruyen interiormente y destruyen a quienes amamos. Tal vez sea tiempo de bajar la guardia y dar el primer paso, aunque no hayamos sido nosotros quienes fallamos. Pide perdón quien quiere la paz, no quien ha cometido error.

Jesús tuvo familia. A los doce años se les escapó a sus padres. Tres días duraron para encontrarlo. La madre, con el corazón en la boca, le reprocha el susto que les ha hecho pasar. El niño, con asombrosa madurez, les dice que estaba ocupado en los asuntos de su Padre. José y María no entienden la respuesta. Aunque el niño tiene la capacidad y autonomía para permanecer solo, la Sagrada Escritura nos dice que regresó con sus padres y vivió sujeto a su autoridad, hasta los treinta años.

Creo que mucho de lo que había en Jesús lo aprendió de su familia. La solidaridad, la generosidad, el servicio, la compasión, el amor, se aprenden. Y el hogar es escuela. Recuerdo que María, estando embarazada, sale presurosa a servir a Isabel, que también estaba embarazada. El Hijo de María muchos años después dirá que no ha venido a ser servido, sino a servir. ¿Lo habrá aprendido de su madre?

a9Demos gracias a Dios por nuestra familia. No será perfecta, pero es el lugar donde el Señor nos ha sembrado para florecer y dar frutos. Mi propia imperfección rima con los errores familiares. En ellos me reflejo, con mis genes y gérmenes. No esperemos a que uno de ellos muera para decirles cuánto les amamos. Un abrazo, un beso, un gesto de amor, nunca estarán de más. El mismo Dios, hecho hombre, quiso nacer en una familia y vivir sujeto a ellos, aprendiendo. Por algo será.

Por último, la familia no se reduce a los que compartimos la misma sangre. Llevo doce años fuera de mi tierra y mi familia ha crecido. No tengo hijos, pero cientos de personas me llaman “padre”. Tengo amigos que son como mis hermanos. Conozco señoras que me quieren como hijo. Nuestro agradecimiento a Dios también se extienda por todos ellos, que sin compartir genes, comparten vida con nosotros y nos enseñan con su forma de ser a amar y a sentirnos unidos.

Dios bendiga a nuestras familias.

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