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¿Ayunar?

Publicado: 12 de febrero de 2013 en Uncategorized
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ImagenEl ayuno es una de esas cosas que suenan arcaicas, lejanas y casi malolientes. En un mundo donde se potencia la belleza, el placer, el gusto y la buena alimentación hablar de renuncia es como ir a pintar la antigua casa de la abuela en vez de acudir a disfrutar la nueva atracción del parque de diversiones. No suena agradable.

Sin embargo, la propuesta del ayuno, de la renuncia, de saber decir “no”, es hoy sumamente actual. Por no saber decir “no” estamos guiados exclusivamente por nuestros deseos, por nuestros gustos y pasiones. El problema es que estas nunca terminan de saciarse y cada vez piden más: guerras por combustible, fallidas cirugías que terminan deformando rostros, obesidad extrema, enfermedades de transmisión sexual por promiscuidad, etc. 

Tal vez usted no sea obeso, ni padezca de esas enfermedades, ni tome un arma buscando petróleo. Pero probablemente haya puesto en riesgo su relación por ceder a la infidelidad, haya amenazado su salario por emplear el dinero comprando algo que no necesita, conozca lo que es la persecución de cobradores por haber gastado de más o esté buscando hacer ejercicio para reducir ese cinturón que crece por encima del cinturón. Eso, sin contar la vez que hizo el ridículo con varias copas de más. Todo por no saber decir “no”. Imagen

El ayuno pretende recordarnos que nuestra voluntad es más fuerte que nuestros deseos. No nos regimos por aquello que piden -o exigen- nuestros gustos, sino por las necesidades reales que tenemos. Se dice “no” a algo, no porque sea malo, sino porque no lo necesitamos o porque buscamos algo mejor. San Alfonso María de Ligorio decía que el que sabe privarse de un vaso de agua teniendo sed tiene mayores probabilidades de renunciar a la tentación.

Los niños que obtienen siempre lo que quieren -incluso manipulando y gritando a sus padres- sufren el doble cuando la vida les demuestra que no lo pueden tener todo. El ayuno invita a la humildad y a la sencillez. La renuncia permite volver la mirada sobre aquellos desfavorecidos. El insaciable busca solo para sí.

La próxima vez que pienses gastar tanto dinero en algo que no necesitas… detente y reflexiona… En el momento de poder contenerte para no estallar y cambies la ira por la paciencia… Cuando veas que realmente puedes ser dueño de tu voluntad y decidir qué hacer o qué no… te darás cuenta que perdiendo puedes salir ganando. Imagen

La madre que aguanta hambre para que sus hijos se alimenten. El joven que gasta su tiempo como voluntario. El hombre que contiene su sexualidad para entregarla solo a la mujer que ha elegido como esposa. La niña que aprende a compartir sus juguetes. El anciano que decide perdonar y olvidar. Hay muchos espejos que demuestran que el ayuno da vida. La clave está en decidirse.

Tal vez al final de una larga jornada de trabajo, viendo la vieja casa con nuevo color y la sonrisa agradecida de la abuela, nos daremos cuenta que vale la pena renunciar a algo bueno, buscando siempre algo mejor. La satisfacción que se lleva por dentro nos lo confirmará.

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jesus del consuelo 1Guatemala es un país con rica tradición religiosa. En ella se funde el caudal de la Iglesia Católica con la idiosincrasia chapina. Esta vez quiero referirme a un tema particular en la religiosidad popular guatemalteca: las procesiones. Y particularmente las procesiones de cuaresma y semana santa.

Desde tiempo de la Colonia, ha sido costumbre sacar por las calles de la ciudad distintas imágenes de Jesús, María y los santos, recreando los momentos de pasión, muerte y resurrección del Redentor. Hasta el día de hoy, muchos lugares literalmente se paralizan, durante estos cortejos. Las procesiones han sido medio para la reflexión, oración y penitencia. Me atrevo a decir que también han sido el “power point” para presentar en imágenes lo que vivió Jesucristo por nuestra salvación.

Hoy podemos apreciar magnas ceremonias, adornos espectaculares, ropajes espléndidos y andas bellamente talladas. En las imágenes notamos coronas de espinas, resplandores y atributos ricamente decorados en metales preciosos. Y en cada recorrido miles de miles acompañando. Hace varios años, cuando trabajaba en una hermandad recuerdo que eran entre doce y quince mil cargadores en un solo día. Impresionante, ¿verdad?cucuruchos-llevaron-Jesus-Caida-Antigua_PREIMA20110411_0024_5

Pero también me pregunto algo… de esos miles ¿quién realmente tendrá una vida auténticamente cristiana? ¿Cuántos de ellos asistirán fielmente a la Eucaristía los domingos? ¿Cuáles de ellos verán el rostro de Cristo en el pobre, el hambriento o el encarcelado? Es fácil imaginarse a Jesús a través de una bella imagen colonial, pero recuerdo que, según las mismas palabras del Evangelio, es en los hermanos más pequeños donde lo podemos encontrar (Mateo 25, 31-46, por si las moscas). Es duro amar a Dios a través del prójimo.

He visto a cientos de guatemaltecos, mis compatriotas, hacer filas durante la noche entera para poder comprar el derecho a cargar las procesiones. He sido testigo de la generosidad familiar para elaborar alfombras para el paso de la imagen de Jesús. Me asombro al ver las calles abarrotadas siguiendo cada cortejo y admiro la devoción de los que lo hacen no solo por tradición, sino por auténtica fe.

lobo-cuidando-ovejasPero me da miedo que todo esto se reduzca a un momento folclórico. Que la conexión con Jesús finalice al terminar el turno y que el entusiasmo católico se guarde con la túnica de cargador para el siguiente año. Peor aún, que se piense que la única forma de ver a Jesucristo es a través de la imagen, olvidando la Eucaristía y el encuentro con el prójimo. Un compañero sacerdote se cuestionaba durante la procesión de Corpus Christi “‘¿dónde están los cucuruchos? Han dejado solo a Jesús”.

Muchos católicos sentirían auténtica indignación si alguien destrozara la imagen de Jesús de la Merced. Otros tal vez pensarían que la semana santa ha sido incompleta si no llevan en hombros a Jesús de Candelaria. ¿Viernes santo sin procesiones? Impensable. Pero realmente son pocos los que se indignan ante tanta muerte en las calles guatemaltecas. Poquísimos los que buscan el rostro del Redentor en los sufrientes. Contados los que dan su vida por cambiar todo esto, como lo hizo el mismo Jesús.Oración por los pobres

El problema no son las procesiones. El centro del asunto está en la conciencia de cada católico. Si la procesión te ayuda a ser mejor cristiano, excelente. Si compartir el peso del anda te recuerda el peso de la cruz del nazareno, genial. Vas por buen camino si al finalizar la semana santa ayudas a otros a resucitar: de la tristeza, del dolor, de la enfermedad, de la violencia, de tantas muertes que nos matan a diario.

Piensa. Reflexiona. Cuestiónate. Para eso es la cuaresma.
Pidámosle a Jesús que nos enseñe a vivir con Él este tiempo especial. Que al vivir su pasión y muerte, mantengamos la esperanza de compartir también su resurrección!

La tecnología ha ingresado en nuestros hogares, en nuestros trabajos, en nuestra diversión, en nuestra familia y en nuestra fe… ¿Perdón? Sí, en nuestra fe. Encontramos portales que nos hablan de religión, páginas que nos invitan a creer en Dios, links que animan a conocer y potenciar nuestras creencias. Todo esto, válido para cristianos y demás gama de iglesias y denominaciones religiosas.

Entonces, como católico, no suena mal la idea de compartir mis debilidades con alguien empleando la tecnología. Con ello podría evitar la incomodidad de verme vulnerable ante otra persona. El ciberespacio podría ofrecerme la oportunidad de confesarme con un sacerdote a través del chat o de la videoconferencia. ¿Por qué no?

Vamos despacio. Hay muchas cosas que es posible realizar por internet: pagar facturas, jugar, comprar, leer, etc. Sin embargo hay muchas cosas que no se pueden realizar en línea: dar un abrazo y alimentarse, por ejemplo… En este segundo renglón la presencia “virtual” jamás sustituye la presencia “real” de la persona. Aquí es donde entra nuestro sacramento.

Confesar los pecados es un acto de fe. Creo que Dios me da su perdón y que esto se manifiesta a través de un ministro. Compartir mi debilidad en intimidad con alguien más, es liberador. Y más aun lo es reencontrarme con Dios, con su misericordia y recobrar la paz que el pecado me ha robado. Esta experiencia es como el abrazo de los que se han reencontrado luego de mucho tiempo. Como el beso de dos enamorados que han permanecido distanciados.

Pero, ¿será posible un beso de amor por internet? ¿será pleno un abrazo de perdón a través de una webcam? Suena difícil. Decirle a otro mis pecados online es posible. De hecho, por simpático que parezca, hay páginas en la web que se dedican a ello. Pero experimentar el gesto del perdón no es posible por medio virtual. Nada como estar frente a frente para confesar mi pequeñez y recibir el consuelo de parte de Dios. Las manos del sacerdote sobre la cabeza de quien pide perdón es un símbolo imposible de realizar online. Pierde su fuerza, como el beso por cam.

En fin. Internet sigue siendo una excelente herramienta que puede ayudarnos a facilitar muchos aspectos de la vida. Pero hay otros aspectos que son insustituibles. ¿Alguien quiere un abrazo virtual?

Una canita al aire. Un billete de más en la bolsa. Una mentira que no haga daño a nadie. Todos hemos tenido en la cabeza distintas tentaciones. Unas, sencillas… otras definitivamente no…  La tentación es una treta, una trampa. Es una promesa de felicidad, pero falsa.

Conviene primero aclarar que una tentación por sí misma no es pecado. Insisto: “sentir” no es pecado. La clave está en la respuesta que yo dé a ese sentir. “Consentir” sí podría ser pecado. No es lo mismo experimentar atracción física por la esposa del vecino (sentir) que invitarla a cenar con dobles intenciones (consentir).

Experimentar la tentación es entrar en combate espiritual. Es ingreso al desierto, como Jesús antes del inicio de su misión. El mal espíritu nos ofrecerá caminos fáciles y aparente felicidad a bajo costo. De hecho, la tentación siempre será atractiva. Pero tenemos una ventaja: nosotros somos los que decidimos qué va a suceder. Santa Teresa decía, palabras más, palabras menos, que el pecado era como una bestia salvaje, horrible y terrible… pero que estaba amarrada… solamente atacaba al acercarnos.

Nuestra madre, la Iglesia, nos dirá que nuestros pecados son los frutos del consentimiento a la tentación.  Y el pecado nos conduce a la muerte. Tentación, pecado y muerte van conectados. Para salir de la tentación, una clave es el discernimiento. Cuando mi mamá hacía pasteles, pasaba la harina por el cernidor para evitar que se hicieran grumos. Lo mismo podríamos hacer con nuestros sentimientos y decisiones, para discernir lo que nos conviene de lo que no.

Otra ventaja más que tenemos: no somos tentados más allá de nuestras fuerzas. Sin embargo, del tamaño de nuestros talentos son las tentaciones que recibimos. No es lo mismo para un ladrón atacar a un niño que prepararse para atacar un banco con seguridad extrema. En todo caso la intensidad de mis tentaciones demuestra el interés que tiene el mal espíritu por robar mi felicidad, mis dones, por emplear mis talentos para su servicio. Darle vuelta a la tentación revela lo que el mal quiere quitar, que en el fondo es el regalo de Dios para mi vida.

Jesús fue tentado en el desierto de manera burda: éxito, triunfo y poder. Pero en el monte de los olivos y en la cruz también fue tentado: “Padre, si quieres aparta de mi este cáliz… y Padre ¿por qué me has abandonado?” La oración y la confianza en el Padre fueron su apoyo y arma para vencer. Pongamos de nuestra parte y no dudemos en repetir como Jesús “no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”.
Amén.

Eso de compartir las fallas a otra persona no suena muy halagador que digamos. Mucho menos cuando tengo la certeza -o muy buenas sospechas- de que la otra parte falla igual o más que yo. Démosle un par de vueltas al asunto.

FALLO, SOY HUMANO
Una parte absolutamente normal de nuestra naturaleza es que fallamos. Caemos, tropezamos… y muchas veces con la misma piedra… Desventaja: me frustra. Puedo sentir un peso enorme sobre mis hombros al darme cuenta que haga lo que haga, sigo siendo débil y vulnerable… altamente vulnerable… Ventaja: es algo que tenemos todos en común. Lejos de tirarnos piedras atacándonos, podríamos empezar por comprendernos. No suena tan mal.

EL OTRO FALLA, TAMBIÉN ES HUMANO
Mi condición es compartida. No soy una isla en un mar de perfección. Aunque siga la trampa de la depresión al ver tanto mal, tanta tristeza, tanta violencia y tanta muerte, puede surgir un tipo de solidaridad desde la vulnerabilidad. Yo fallo, tú fallas, él falla, nosotros fallamos…
¿mal de muchos, consuelo de tontos? No tan rápido.
Consuelo, sí. Pero no de tontos.

COMPARTIR LA DEBILIDAD
Es la norma esconder la debilidad. No conviene ventilar los errores. Los trapitos sucios se lavan siempre en casa. O no se lavan. Pero sabemos bien que una herida escondida es fuente segura de infección. La ausencia de higiene corporal es foco de contaminación. ¿Y si compartiéramos nuestros errores? ¿Si en lugar de esconderlos, lo usual fuera compartirlos? Poner alcohol en una herida abierta duele mucho. Arde. Pero sana…

NO SUENA TAN MAL COMPARTIR, ENTONCES
Abrir el corazón para compartir las fallas requiere no solo honestidad, sino humildad y deseo de cambio. Si no, ¿pa´que? Un familiar, un amigo, una persona de mucha confianza. Incluso un profesional, como un psicólogo, pensando que pueda darme herramientas para salir adelante. Pero ¿un sacerdote?

VAMOS CON LA PARTE ESPIRITUAL
Así como el cuerpo es lastimado con la enfermedad, nuestro interior es golpeado con nuestras fallas. Y las consecuencias también afectan nuestro alrededor y las personas que nos rodean. En el plano espiritual estamos hablando del pecado. Mi pecado me lastima y con él hiero a quienes me rodean. Pero así como busco ayuda al querer sanar mi cuerpo, hay auxilio para sanar mi interior, mi “alma”.

UN MOMENTO PARA SANAR
El cuerpo busca expulsar lo que lo afecta, por naturaleza. Espiritualmente podemos decir que la carga interior, al volverse pesada, también busca salida. Compartir mi debilidad es ya un proceso sanador. Pero compartir con una persona que tiene el tiempo de escucharte y su misión es contagiar el perdón de parte de Dios es, literalmente, salvador. Es tan pecador como cualquier otro, pero su tarea no es detenerse en la falla, sino enmendar lo roto, curar la herida. En la Iglesia católica empleamos la palabra “reconciliar” para hablar de este proceso.

SI, YA SÉ QUE ES PECADOR COMO YO
El sacerdote no está para juzgar, ni mucho menos para condenar. Su misión es reconciliar. Obviamente tiene la responsabilidad de orientar a la persona que se acerca a buscar el perdón y guiarla de nuevo a la casa del Padre. El pecado personal del sacerdote es un llamado a la humildad. Así como Dios nos perdona, debemos perdonar, rezamos en el Padrenuestro. Mi pecado debe ser lo que obstaculice detenerme en el pecado ajeno, decía San Alfonso María de Ligorio.

EN FIN…
Si hay carga interior, si hay peso dentro de mí, que me inquieta constantemente, tal vez necesite buscar el sacramento del perdón. Si honestamente veo que mi pecado sigue carcomiendo mi felicidad y la felicidad de los que me rodean, debo buscar sanearme. Hay quienes esperan tener pus en la herida para pedir ayuda. Quien quita y este tiempo que se aproxima sea un tiempo propicio para pedir perdón y reconciliarme: conmigo mismo, con los demás y con Dios. No suena tan mal la idea de confesarse.

postdata: ya viene la cuaresma…