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Apenas tengo pocos meses de haber sido ordenado sacerdote. Reconozco que tengo poca experiencia como confesor. Sin embargo, he podido notar ciertas trampas del mal espíritu para evitar o entorpecer una buena confesión. Veamos…

El primer resultado deseado por el maligno es evitar que la persona comparta su debilidad, su pecado, con otro hombre. Justificaciones, raciocinios, frases bien ensayadas como “yo le pido perdón directamente a Dios”. En el fondo son excusas de parte nuestra y tretas del mal.

Sin embargo si se han vencido estas trampas, en el momento de la confesión, he notado dos zancadillas particulares. La primera de ellas es la verguenza. A través de ella se da el brinco a la segunda trampa, el silencio. En el fondo, es acallar el pecado, silenciarlo. Evitar que salga del interior eso que está, literalmente, pudriéndose y pudriéndonos.

Y es que con el pecado sucede como cuando se está indigesto. Mientras no salga lo que está lastimando el interior, el malestar persistirá. La confesión, o reconciliación, nos ayuda a compartir nuestra debilidad para que Dios manifieste su grandeza en nosotros.

Al reconocer las trampas del mal espíritu, tenemos herramientas para combatirlas. Espero que al querer pedirle perdón al Señor por nuestros pecados, tengamos la posibilidad de alejarnos del enemigo y encontrarnos nuevamente con Dios, con su amor misericordioso.