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crisis¿Cuántas veces hemos sentido que se nos vienen encima las plagas, una encima de otra? ¿Cuántas veces hemos creído que ya no podemos dar un paso más? ¿En cuántas ocasiones estuvimos a punto de perder la esperanza porque no encontrábamos respuesta o salida? Como seres humanos, es natural que vivamos los momentos de dificultad. Como personas de fe es necesario tener una vía para caminar durante esas situaciones. Vamos a caminar con la historia de un pueblo, para vernos en sus tribulaciones y reconocernos en sus preguntas.

 

El pueblo de Israel tiene una historia apasionante. Sufren la opresión, la esclavitud, los asesinatos, la destrucción, el destierro, la infidelidad, la murmuración y la burla de otros pueblos. Saben lo que es sentirse abandonados por su Dios, son de los que han gritado al cielo pidiendo ayuda y reciben silencio. Pero tienen una gran ventaja: saben releer su historia en clave creyente. Son tercos en recordar la alianza que su Dios ha pactado con ellos y poseen la certeza de que aunque grandes sean sus pecados, mayor es el amor y la fidelidad del Señor.

La clave que los mantiene de pie es la esperanza. Ellos vigilan, esperan el cumplimiento de la promesa. Saben que el mal no es algo permanente y que luego de la tiniebla siempre, siempre, viene el resplandor del nuevo día. Israel es profundamente creyente.

Tomando como pie la lectura de Baruc 5, 1-9 (que es la primera lectura del II domingo de Adviento) podemos ver que la espera del pueblo se convierte en gozo. La tristeza termina, porque Dios responde a su pueblo. El luto y la aflicción no tienen ya lugar, la gala es perpetua. La comunidad que había conocido la tribulación y era humillada, es ahora invitada a ponerse de pie (que significa recuperar la dignidad). Los hijos, alejados por el enemigo, son devueltos por el mismo Dios, llenos de gloria, en carroza real.

La última parte dice que el Señor guiará a Israel, que lo hará con alegría, con justicia y misericordia. Esperanza

En nuestra historia, como este pueblo, hemos experimentado la dificultad, el dolor, la tentación y la caída. Pero podemos aprender de él, teniendo la confianza puesta en el Señor.  Creer se torna fácil cuando todo marcha bien. Creer es una necesidad cuando vamos cuesta arriba. La doble tracción  no se ha creado para el sendero plano. Y la esperanza es como el 4×4 que, aunque lento, nos conduce de manera segura en los terrenos más difíciles y tortuosos. No sin complicaciones, no sin resbalones.

Nuestra esperanza nos recuerda en los momentos de dolor que todo, tarde o temprano, volverá a estar bien. El pueblo de Israel sabe que aunque ellos sean infieles, el Señor siempre permanece fiel. La alianza no depende de la respuesta que ellos den, sino del amor misericordioso de Dios. Acá vale la pena recordar que misericordia significa “dar perdón a quien no lo merece”.  La invitación que debemos aceptar de este pueblo creyente es tener presente las palabras del Padre que nos espera siempre en casa, por lejos que nos hayamos marchado.

Y ahora, a creer. Por difícil que sea la prueba, por complicado que sea el camino. Una pizca de fe equivale al pequeño fósforo que ilumina en la tiniebla. Su luz es ya una guía para buscar algo para contagiar el fuego. No es posible evitar los momentos de crisis. Creer no nos exime de vivir la condición humana, pero nos da aliento y fuerza para seguir adelante.

Y ahora, a esperar. Aunque temamos la oscuridad, aunque nos asuste la tiniebla, aunque el panorama se vuelva denso. Esperamos porque sabemos que Dios se sale con la suya, a su tiempo. Tenemos la certeza que las crisis son parte de nuestro proceso de maduración. Creemos que hasta el morir llega a ser vida nueva.

9d7faEsperanza_y_OptimismoY ahora, a seguir adelante. La vida no es cuestión de suerte, sino de actitud. Sigamos creyendo, sigamos esperando, sigamos amando. La vía creyente es paradójica. Eso de perder para ganar no suena bien, pero sucede. Sigamos avanzando. Dios conoce nuestros pasos y nuestros esfuerzos. Él sabrá hacerlos dar fruto y convertir nuestro lamento en canto.

El 17 de mayo es el día internacional contra la homofobia. Homofobia, según la Real Academia de la Lengua Española es la “aversión obsesiva hacia las personas homosexuales”. ¿Por qué esta fecha? El 17 de mayo de 1990 se eliminó la homosexualidad de las listas de enfermedades mentales de la Organización Mundial de la Salud.

Homofóbico es aquel que siente rechazo o repugnancia por la homosexualidad. ¿Por qué ir contra la homofobia? Por su carácter de obsesión, porque no es justo encasillar a una persona por un solo aspecto de su vida, porque como todo tipo de discriminación, va en contra del ser humano.

¿Ir en contra de la homofobia te hace pro-homosexual? No necesariamente. La idea en el fondo es quitar las piedras de las manos de aquellos que están dispuestos a apedrear al que es distinto. Estoy en absoluto desacuerdo con el aborto, pero no por eso voy a rechazar a la mujer que lo ha permitido. El papel a jugar no es el de juez, sino el de humano, que antes de condenar, intenta comprender al otro.

¿Se trata de condenar al homofóbico? Probablemente caeríamos en el mismo error que queremos enmendar. Es mejor cultivar ciertas virtudes: tolerancia, comprensión, benevolencia. Una persona por ser heterosexual no es automáticamente buena o mala. Lo mismo aplica para el de orientación homosexual. La bondad o maldad de las personas es por sus actos, no por la sexualidad en sí misma.

Como cristianos no nos corresponde tomar piedras para tirarlas a quien piensa, siente o cree distinto que nosotros. Si tenemos como modelo a Jesús de Nazaret sabremos bien que no ha venido a condenar, sino a salvar. Ojalá en un día como hoy podamos reflexionar un poco acerca de mi actitud y compararla a la de Cristo. Él no aplaudió a la mujer adúltera, pero tampoco permitió que la asesinaran.