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A veces somos cabritos. A veces somos cabros. A veces somos… muy cabritos.

Pablo nos dice en la carta que le escribe a los romanos que todos hemos pecado y que por lo tanto estamos privados de la gloria de Dios. En nuestra propia vida podemos constatar, si se me permite la expresión, la fuerza de nuestra debilidad: tropezamos, caemos, nos golpeamos y herimos a los demás.  Somos testigos del derroche de energías en nombre del pecado. Y lo peor de todo es que al final de cuentas nos queda solo esa profunda sensacion de soledad, tristeza y culpabilidad. No sale bien en las cuentas tanta pasión desperdiciada.

En el gremio sacerdotal, nos sucede exactamente lo mismo. Tenemos variopintas tentaciones, debilidades y tropezones. Sabemos mentir a la perfección, ocultar pecados propios y ajenos, silenciar palabras que nos incomodan, etcétera. Uno de nuestros peores pecados es pretender hablar en nombre de Dios… pero a favor propio… Nuestro ministerio también puede ser empleado por el mal espíritu… no somos inmunes a la debilidad… y las consecuencias son las mismas: soledad, tristeza y culpabilidad. Provocamos con nuestro pecado tanta muerte como cualquier otro ser humano. A veces nuestro pecado es olvidar que somos como cualquier otro ser humano.

Sin embargo, Dios no está satisfecho con esta parte de nuestra historia. A pesar de nuestro listado pecaminoso, nos invita a seguir adelante. No pretende que seamos frías estatuas de un frío templo donde va fría gente, sino que hagamos nuestro mejor esfuerzo para que la energía empleada para hacer el mal sea encausada para hacer el bien. Él conoce nuestro historial, lo bueno, lo malo, las luces y las sombras. Y nos llama no “a pesar” de eso, sino “desde” esa realidad. Pablo lo dice magistralmente: “llevamos este tesoro en vasijas de barro”. La apuesta de Dios no es por los justos, sino por los pecadores. Este padrecito, el primero.

De niño, jugaba a hacer procesiones. Construía altares, llenos de imágenes que valían más que los carros y transformers recibidos para mi cumpleaños. Siempre preferí un paquete de incienso a un balón. Cuando aprendimos a leer, con mis primos celebrábamos la misa. ¿Adivinen quien era el padre? Todos estos juegos se difuminaron en mi adolescencia. Mi slogan era: “lo que puedo hacer como padre, lo puedo hacer como laico”. Sin embargo, a los diecinueve conocí a un sacerdote loco. Alegre, jovial, cercano. Decía “malas palabras” de vez en cuando. Gustaba del cine y hablaba el lenguaje que el resto de jóvenes hablábamos. Sentí un “click” en lo más profundo. Así, sí quería ser sacerdote.

El 16 de octubre del 2010 fui ordenado presbítero de la Iglesia Católica, en mi natal Guatemala. Para llegar ahí había dejado mi tierra, la carrera de arquitectura y la idea de formar una familia. En el camino también perdí a mi madre y a mis tres abuelos. Estudié, trabajé, fui formado y preparado para ser misionero. Conocí a otros “locos” que hoy me conocen más que mis propios hermanos. Lloré, amé y aprendí a dar la vida por la abundante redención.

Lo que permaneció intacta fue mi capacidad para pecar.  Sean genes o sean gérmenes, siempre hay múltiples debilidades. Que un obispo te  imponga las manos no hace que automáticamente te conviertas en un ser perfecto. Al contrario, las tentaciones se disparan. Y es ahí donde entra la misericordia de Dios, el centro de esta historia. ¿Quién podría apostar por aquel que te va a fallar? ¿Quién da la vida por alguien que tarde o temprano te va a traicionar? ¿Quién pone tanta responsabilidad en manos frágiles? Solamente quien ama mucho. Y así es el Dios que me ha llamado.

Lo cabrito no se me quita tan fácilmente. Pero cuando puedo transmitir el perdón de Dios, con la certeza de que doy lo que he recibido en mi vida, me doy cuenta que vale la pena seguir adelante. Cuando mi pecado me hace no condenar al que falla, cuando haber tocado fondo me permite comprender al que se encuentra caído, me doy cuenta que ser instrumento es también una forma -loca, exótica, increíblemente creativa- para salvarme. Servir a otros es la forma que tiene mi Padre para rescatarme, aunque yo me esfuerce en pecar.

Dice la Palabra de Dios que aquel que mucho se le perdona mucho amor demuestra. Mi ministerio sacerdotal es una muestra viva de cómo esta Palabra se hace verdad. Cumplir un año como “padrecito” es memoria de la apuesta que Dios hace por mí, con mis luces y sombras. Es un testimonio del “dar perdón a quien no lo merece”. Es prueba de que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Quiera Dios darme esta felicidad -y la capacidad para compartirla- hasta el último de mis días.      

Alajuela, 16 de octubre del 2011. Fiesta de San Gerardo Mayela.