El arte de esperar…

Publicado: 1 de diciembre de 2012 en Uncategorized

Nos encontramos en el mundo de lo inmediato. Todo es rápido, instantáneo y ágil… la comida en el microondas, la transacción en el cajero automático, los mensajes a través de internet… todo invita a la prisa… parece que debemos llegar pronto a un lugar. Sin embargo, al llegar a ese lugar, debemos partir nuevamente rápido para continuar andando. Irónico y paradójico.

Precisamente en ese momento que somos conscientes que hay algo que sobra en la marcha, podemos hacer un alto y reflexionar. El Evangelio de Lucas habla de situaciones que nos entorpecen (Lucas 21, 34). Me parece interesante que sea tan actual un texto escrito hace cientos de años. Al parecer la marcha humana y sus errores no han variado mucho desde entonces. Mucha tecnología, mucha información y muchos adelantos, pero nuestras piedras de tropiezo siguen ahí. Démosle un vistazo.o y paradójico. Nuestra marcha, aunque sea veloz, nos deteriora la vida. Corremos sin llegar a ningún lado. Nos entorpecemos y caemos en cuenta que algo no anda bien.

La primera piedra de tropiezo que Lucas señala es la de los vicios. Todo aquello que atente contra mi libertad es un vicio. Pudiendo volar alto nos encadenamos. No importa el tamaño o el peso de la cadena, siempre nos mantendrá amarrados. Si la virtud muestra lo mejor que hay dentro de nosotros, los vicios sacan a flote lo peor que podemos llegar a ser.

El libertinaje es nuestra segunda piedra de tropiezo. La libertad desperdiciada se convierte en libertinaje. Mis propios intereses, mis actitudes, mis deseos, van por encima de las demás personas a mi alrededor, mal orientados por el desenfreno y el irrespeto. Es como el río, que en vez de fecundar los campos a su paso, se sale del cauce provocando muerte y destrucción.

Otra actitud que entorpece nuestra vida es la embriaguez. En el fondo nos encontramos con la incapacidad de decir “hasta aquí” y lo que puede ser un momento de alegría se convierte en borrachera. Nuestras decisiones y nuestros actos no son manejados por nuestra voluntad y llega a reinar el caos. Muchas veces el arrepentimiento posterior no logra sanar las heridas provocadas por el exceso de la bebida alcohólica.

La última de las piedras de tropiezo mencionadas por Lucas son las preocupaciones de la vida. No es la típica “ausencia de virtud”, sino el desenfoque de visión. Perdemos el rumbo cuando nos dejamos dirigir por nuestros agobios. Nuestras fuerzas se gastan dando círculos. La consecuencia de tropezar es, según el texto, estar desprevenidos. Caen nuestras defensas, se lastiman nuestros sueños, mueren nuestros proyectos. Algo sigue sin estar bien.

Acá viene la palabra de ánimo y consuelo: la esperanza. No todo está perdido. Tal vez no todo volverá a estar igual, pero tarde o temprano todo volverá a estar bien. La esperanza nos dice que sin importar la intensidad del fuego que arrasa la tierra, las raíces que permanecen en su interior vuelven a germinar. No hay eterno cielo negro, no hay dificultad que sea imposible de enfrentar, no hay mal que sea más fuerte que el bien. La semilla que cae y muere, vuelve a dar vida.

Esa vida -nuestra vida- continúa, pero no orientada por la prisa y la efectividad. Aunque sabemos que tropezamos en esas piedras y lo experimentemos constantemente, tenemos la convicción que no todo está perdido. Nuestra fe nos asegura que incluso la muerte tiene remedio. Ahí hay esperanza, ahí hay fuerza para seguir avanzando. Ahí hay vida.

La invitación del Evangelio es velar y estar atentos. Orar intensamente para no caer, mientras continuamos en espera. Seguimos peregrinando, pero con los ojos bien abiertos y dispuestos a levantarnos cuantas veces sea necesario. Nuestro Padre está siempre dispuesto a hacer fructificar nuestros esfuerzos y a completar con su fuerza lo que llegue a faltarnos en nuestro caminar.

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comentarios
  1. Muy buena reflexion padre!! quiciera contactarme con usted! soy coordinadora de pastoral juvenil nuestra Señora de Guadalupe!

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