El dolor que sana… las heridas que curan…

Publicado: 20 de junio de 2012 en un poco de fe

Hace un par de días recibí la noticia del fallecimiento de un niño, de doce años. Óscar vivió en Guatemala y luchó desde muy pequeño, junto con su familia, contra un problema en su corazón. Habíamos orado por él, muchos intercedimos. A pesar de todo, murió en México… La guerra está perdida… aparentemente…

Logré comunicarme con la madre de Óscar. El dolor era evidente. ¿Cómo poder consolar a una madre que ha perdido a su hijo? Solamente desde la fe, unida al propio corazón. Hay muchos clichés para compartir, pero solo quien ha vivido la pérdida y con el tiempo ha experimentado paz a pesar de la tormenta, puede dar palabras que animen al que se encuentra en la tribulación.

Hablamos de Dios, de la esperanza. Tocamos el tema de la cruz. En los momentos de dolor, el sufriente puede compararse con el crucificado. Si compartimos la pasión y la muerte con Jesús, creemos que también compartiremos su resurrección.

Compartí un detalle de mi vida con Mirna, la madre de Óscar. De niño, tenía miedo para dormir en la oscuridad. Constantemente pedía ayuda para conciliar sueño. Esta ayuda consistía en rezos en voz alta a mi lado, una letanía de oraciones, que poco a poco iban surtiendo efecto. Regularmente mi madre, mi tía o mi abuela eran las nominadas a realizarlos. La presencia de alguien a mi lado y escuchar la oración pacificaban mis miedos.

Mi abuela murió junto a mi abuelo, por un accidente de tránsito. Mi madre falleció cinco años después. Ambos momentos fueron muy dolorosos en mi vida, esas situaciones que parten en dos pedazos la historia. El dolor, la lucha contra el cáncer de mi madre, el proceso de duelo, el cobarde escape del que atropelló a los abuelos… muchas guerras perdidas… aparentemente…

Siendo sacerdote, tuve un momento fuerte. Estuve en presencia de un posible caso de posesión. Lo que ví, realmente me dejó atónito y trajo nuevamente a mis noches, los miedos de mi niñez. El insomnio se hizo presente y era el cansancio lo que me hacía dormir, luego de varias horas en vela.

Oré. Pedí ayuda. Pero se me dificultaba tener paz.

Recordé las noches de niño. Fui a la capilla de mi comunidad, hablé con Dios y luego pedí la intercesión de mi abuela y mi madre. Si ellas lograban pacificar mi corazón hace tanto tiempo, que pidieran ahora una vez más.  Sabemos por fe que quien obra es la gracia divina y creemos en la mutua intercesión. Esa noche dormí tranquilamente, hasta el día de hoy. Guerra ganada.

Le decía a la madre de Óscar que ya no pediríamos por él. Ahora le pediríamos a él, que se encuentra cerca de nuestro Señor, que intercediera por nosotros. Guerra ganada.

Mi herida puede servir para comprender al que sufre. Mi dolor, para ser solidario con el que pasa por la tribulación. Lo que en el momento de la tempestad no comprendo, con la ayuda de Dios y el tiempo, podré ver más claramente. Si el Señor permite que mi herida sane y que dos personas que amo intercedan por mí ¿por qué no habrá de permitirlo hoy, contigo?

Las heridas de Jesús en las manos, pies y costado, el día viernes santo fueron llagas sangrantes. Significaron muerte. Hoy aun son símbolo de muerte, pero de muerte vencida. Que sea lo mismo con las heridas en nuestra vida.

Guerra ganada.

 

 

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comentarios
  1. Pienso que en general no somos acertivos en el tema del dolor porque evitamos pensar en eso. Nos damos tiempo para muchas cosas, pero para hablarlo, llorarlo y asumirlo, No.
    Creo que cuando uno sufre, realmente crece y quien ha recorrido el camino del dolor más profundo es aquél que puede armar su vida desde la realidad, lo concreto y dando espacio a los elementos más importantes de la vida.
    Esperemos ser,al final de nuestra existencia, como esos guerreros que después de haber ganado y perdido guerras y batallas, son capaces de mostrar con orgullo y libertad las heridas provocadas en el combate.
    Gracias! Padre Rodrigo +

  2. Marvila dice:

    Buenos Dias PB! Simplemente con leer, me has traido un poquito mas de tranquilidad. xoxoxo

  3. Bosco José de Jesús dice:

    En el plan salvífico, Cristo nuestro Señor, quien padeció, murió y resucitó por nosotros, nos dejó abierta una puerta, para que cada uno de nosotros, entre por ella y pueda asociar su propio dolor y sufrimiento, al dolor y sufrimiento de Jesucristo. El apóstol de los gentiles, el inmenso san Pablo, decía: ´´Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia´´. Y el beato Juan Pablo II, quien dejó un estela liuminosa de tantas experiencias vividas, y una de ellas su propio dolor, nos dejó un hermoso mensaje en su inolvidable Carta Apostólica ´Salvifici Doloris´: ´´Para hallar el sentido profundo del sufrimiento, siguiendo la Palabra revelada de Dios, hay que abrirse ampliamento al sujeto humano en sús múltiples potencialidades, sobre todo, hay que acoger la luz de la Revelación, no sólo en cuanto expresa el orden transcendente de la justicia, sino en cuanto ilumina este orden con el Amor como fuente definitiva de todo lo que existe. El Amor es también la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta pregunta ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo´´.

    Pido, hermanos y hermanas, oraciones por mí. La próxima semana, D.m., viajaré a Europa, para vivir una renovación espiritual desde Cristo y nuestra Madre la Virgen del Perpetuo Socorro, en el carisma de san Alfonso María de Ligorio.

    Desde Liberia, Costa Rica, su afmo. Bosco José de Jesús, Redentorista.

  4. Marysabel Scaglia dice:

    La semana pasada falleció el sobrino de una amiga y ahora estoy imprimiendo tu mensaje para compartírselo, gracias vos!

  5. esta historia es pura verdadera fe!!!Gracias padre por compartir con nosotros esta historis de fuerza y fe!!

  6. Dra. veronica Reyes M. dice:

    Me sentì muy identificada con tu Blog el dia de hoy, y doy Fe de que son palabras ciertas. Así como es de grande Nuestro amor por esos seres que parten, es proporcional el dolor ante su pérdida fìsica, pero… Es Verdad el Amor de Dios y Nuestra Fe en El, sanan nuestras heridas y permiten que llegue la Paz a nuestras vidas y no por éso nos olvidamos de aquellos que partieron…. No los recordamos y vivimos con el mismo Amor, pero Aceptando la Voluntad de Dios.

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