De traidor a Santo

Publicado: 29 de junio de 2011 en un poco de fe

Simón era pescador. Con mujer y  suegra. Junto con su hermano Andrés conoció a un hombre que le cambiaría hasta el nombre. No estamos ante una figura papal como la conocemos hoy. No estamos ante un romano pontífice. Ni siquiera ante un sacerdote. Repito, era pescador. Y con todo y sus redes se fue siguiendo al Nazareno.

Impetuoso, necio, completamente pasional, Simón fue regañado varias veces por Jesús. Le llamó, incluso “Satanás”. El culmen de su debilidad fue la triple negación que hizo de su maestro en el momento de la pasión. La Palabra de Dios dice que Simón lloró amargamente cuando el gallo cantó.

Saulo era tejedor de tiendas. Su estado civil, soltero. Fiel devoto de la tradición religiosa que había heredado. Fariseo, hijo de fariseos, Saulo es testigo del asesinato del primer cristiano: Esteban. Seguramente en el fondo pensaba que matándole se daba gloria a Dios. ¿Cómplice silencioso? Tengo más preguntas que respuestas.

De carácter fuerte, Saulo pide cartas para encerrar a los cristianos en la cárcel. Se pone en camino, celoso guardián de la tradición judía. Pero cae en el camino. Escucha la voz de Jesús. No le pregunta por qué persigue a los cristianos, por qué persigue a la Iglesia. Es algo personal: Saulo, ¿por qué me persigues? Y queda ciego.

En este momento tenemos un corazón llorando amargamente la traición y un ciego completamente confundido. Simón y Saulo no inician con un historial sin pecado. Al contrario. Pareciera que quien los llamó siente pasión por transformar vida de pecadores, poniéndolos al servicio. Es ahí donde reciben un nombre nuevo: Pedro y Pablo. Pedro será el primero entre los Doce. Jesús, luego de preguntarle tres veces si le ama le pide: apacienta mi rebaño. Pablo configurará la Iglesia fuera del judaísmo, predicando a los gentiles.

De esto, varias consideraciones particulares. Primero, no es necesario tener un santo historial para ponerse al servicio de Dios. No fue así con ninguno de los pilares primarios de la Iglesia en sus orígenes. Segundo, nuestra disposición y colaboración son necesarias. Sin importar el número de veces que caigamos, Dios se sale siempre con la suya. Pero necesita de nosotros. Si Pedro hubiese permanecido en su traición su fin no habría sido distinto al de Judas Iscariote. Tercero, al descubrir las raíces del cristianismo podemos tener conciencia especial de nuestra realidad eclesial. Iglesia muy divina, gracias a Dios; pero siempre humana, gracias a quienes la conformamos.

Me explico. No debemos buscar una Iglesia de hombres y mujeres que nunca hayan pecado, sino de seres humanos que porque saben que han pecado y han experimentado el perdón de Dios, están dispuestos a participar con EL en su plan de salvación.  Somos muchos Saulos y Simones, traidores y testigos de desgracias. Pero al encontrarnos con Jesús, tenemos la oportunidad de dar lo mejor de nosotros, incluidas nuestras pasiones y debilidades, al servicio del Reino. Escuchar su voz preguntándonos ¿me amas? Y el añadido final: ¡Sígueme!

Recordar a Pedro y Pablo es oportunidad para desempolvar nuestras convicciones cristianas y esforzarnos por hacer de nuestra Madre Iglesia el lugar de salvación que Jesús inició en medio de su pueblo.

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comentarios
  1. Rosa Barrios dice:

    lindo mensaje que nos lleva a nuestros pilares de la iglesía y nos invita a decir con nuestra vida e historia heme aqui señor!

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